LA RENOVACIÓN DEMOCRÁTICA

¡Tranquilidad! Tras cinco días de teatral parodia e inmerecido descanso, su Sanchidad nos ha perdonado a todos, incluso a mí, que ni sabe que existo. Debo reconocer que me resulta irritante la subvencionada creencia de que Sánchez es un político audaz, valiente, y perseverante. Un político que, pese a mostrar algunas fallas en su carácter y contrastadas lagunas en su formación, posee una serie de virtudes innegables como la capacidad de encaje y resiliencia. Personalmente no desarrollo interpretaciones tan poéticas. Sencillamente me parece un caradura, rebosante de narcisismo enfermizo y absolutamente carente de escrúpulos.

Lo que es evidente es que es el mejor, entre los componentes de los rancios partidos de siempre que llevan décadas repartiéndose poder y prebendas. Pero no es el mejor por su valía, sino por el bajo nivel de sus acompañantes y sobre todo, de eso que denominan oposición. Una oposición que curiosa y orgullosamente exhibe el mismo rosco multicolor de las marionetas modelo 2030.

Ahora, para redimirnos, Sánchez va a marcar nuevas reglas democráticas, se va a imponer la transparencia. Si analizamos las medidas que el PSOE pretende implantar para esa regeneración nos preguntamos si van a mejorar algo o si su objetivo es recortar la democracia y concentrar el poder en un gobierno cada día más totalitario y excluyente.

Otorgar poderes extraordinarios al gobierno para luchar contra la desinformación es como poner a un lobo a cuidar un rebaño de ovejas. En primer lugar porque los partidos en el gobierno o con el gobierno son precisamente los mayores generadores de mentiras y patrañas. No miento, sólo cambio de opinión: no habrá amnistía, no hay parados, sólo fijos discontinuos, traeré a España a Puigdemont para que responda ante la justicia, no pactaré con los etarras… Las mentiras y la desinformación del gobierno no sólo afectan a cuestiones estrictamente políticas. Lo blanco puede ser negro o primero blanco y después negro, cuando se trata del Gran Timonel y sus clarividentes ministros. Lo que es evidente es que la libertad prospera cuando es el gobierno el que está bajo vigilancia y no cuando el gobierno nos vigila a todos.

Este gobierno y el que venga se integra por personas que salen de nuestra sociedad. Realmente no creo que las cosas sean diferentes, dependiendo de unas siglas, mientras no seamos plenamente conscientes de que sufrimos una enfermedad social, la enfermedad de la decadencia. Mirando a nuestro alrededor se percibe con claridad meridiana que vivimos una época de decadencia, especialmente moral. Ser valientes y aceptar esta carencia es fundamental para entender e interpretar el presente, rechazando la “pastilla azul”, propia de la temerosa ignorancia satisfecha.

Una muestra de un gobierno tan incongruente como el que sufrimos, es su propia propaganda. El esperpento ministerial de Inclusión Seguridad Social y Migraciones anuncia a bombo y platillo que asisten a 590.000 hogares españoles con el Ingreso Mínimo Vital. Estamos hablando de más de 1.700.000 personas que viven en la pobreza, lo que justifica las ayudas. Están orgullosos de sus éxitos pero… ¿A nadie le da vergüenza? El problema es cómo ha aumentado la pobreza y la exclusión social, en un país que hace una década no tenía este problema. 

Indudablemente es mejor tener personas cautivas y dependientes que ciudadanos que tienen un buen nivel de renta, capacidad de ahorro y espíritu crítico. La decadencia, cuando aparece en una sociedad, opera como un agujero negro: poco a poco, va atrayendo hacia su vórtice a cada vez más elementos, hasta que finalmente, ninguno consigue zafarse del proceso de degradación. Si nos fijamos en dos de los hitos tecnológicos que este siglo ha puesto de manifiesto tampoco se libran de esa perversa contaminación. La telefonía móvil, un sueño hace solo unas décadas, se ha convertido en el principal vehículo de alienación de masas. La existencia, es hoy el periodo que transcurre cuando no estamos pendientes del anestesiante móvil. Internet garantiza el tránsito libre de información de un lugar a otro del planeta. El monopolio de la comunicación ha sido liberado de los grandes consorcios mediáticos. Hoy cualquiera puede tener acceso libre a la información que desee… ¡con permiso de Google! La privacidad es prácticamente imposible en la red, ni falta que hace; la red nos conoce mejor que nosotros mismos. Pero, ese no es todo el problema: el volumen de información a nuestro alcance es tal, que no podemos estar seguros de la veracidad de nada de lo que leemos cada día. El sistema, nuevamente las nuevas y poderosísimas corporaciones, realizan un completo tamizado: propaga todo lo que le interesa y elimina  todo aquello que puede ser considerado lesivo para sus propios accionistas, para la corrección política o para la mitología globalista. 

Lo que realmente necesitamos son personas educadas, formadas, amantes de su libertad y conscientes de que existe un camino. Caminos dispares y diferentes, todos respetables, pero afianzados en la preparación y el esfuerzo. Quien respeta a los demás, se respeta a sí mismo; esa sana preocupación por el bien común, es lo que sustenta una comunidad. Desde hace cuatro décadas la individualidad se ha fortalecido hasta el punto de que prevalece lo que es bueno para mí aunque cause problemas a todos los demás. Esta alocada modernidad irradia una ausencia de moralidad o de sentido del deber que conduce hacia el salvajismo y al actual proceso de brutalización de las sociedades. Una atomización que nos impulsa a rendirnos, a pensar que no hay nada que hacer.

Nos sobran los líderes, los grandes timoneles y sus grandilocuentes renovaciones democráticas. Hace falta que volvamos a creer en nosotros, en nuestra historia y en nuestro futuro. No es regeneración democrática lo que demandamos, es regeneración moral. Y esa, es una apuesta muy personal.

Luis Nantón Díaz