La mayor parte de las gestiones que la ciudadanía solicita recae sobre las administraciones locales, y estas instituciones sufren actualmente tensiones profundas. Hay un desequilibrio entre demandas y recursos, entre tradición y modernidad, entre una burocracia anquilosada y una ciudadanía que reclama eficacia pero está secuestrada por la cita previa. Es preciso planificar los cambios necesarios.
Los recursos humanos de los ayuntamientos sufren un envejecimiento estadístico, que es un símbolo de resistencia frente al cambio. Miles de empleados públicos locales superan la barrera de los 50 años y muchos se acercan a la jubilación sin que exista un plan real para sustituirlos con talento joven. Una nueva generación de funcionarios que no se limita al conocimiento administrativo, sino también a la vocación de servir a la comunidad.
Como ocurre en casi todas las esferas de lo público, hay una trampa en el discurso dominante: el simplismo de creer que bastará con modificar los índices de reposición o convocar oposiciones masivas. Me ahorro el esfuerzo de hablar sobre las contrataciones dactilares u otras aberraciones políticas del sistema. El servicio público no se construye sólo con números y plazas. Se construye con vocación, formación y condiciones que atraigan a los mejores. A nivel europeo, naciones vecinas como Francia o el Reino Unido han desarrollado programas de incorporación de jóvenes talentos al servicio público con cierto éxito. Y, sin embargo, aquí seguimos debatiendo si habrá plazas o no. ¿Acaso no debería ser la atracción de talento lo primero? Incluso antes de lamentarse por la falta de recursos.
Gestionar es optimizar los recursos, en cualquier sector. Con los medios y herramientas con las que contamos, obtener los mejores resultados y con la mejor asignación. Una comunidad se mide por cómo distribuye sus recursos, y qué prioriza. En España, los ayuntamientos han hecho esfuerzos gigantescos para equilibrar sus cuentas. Pero esa contabilidad austera ha tenido un precio: la dependencia de financiación externa y la carencia de programas de inversiones ajenos a lo meramente electoral.
La deuda viva municipal, a pesar de representar un porcentaje estadísticamente aceptable del PIB nacional, esconde realidades diversas: grandes ciudades endeudadas y pequeños municipios sin apenas margen para hacer frente a lo esencial. Los fondos europeos –que en años recientes actuaron como un balón de oxígeno– se agotarán. Sin un modelo propio de financiación local digno, muchos servicios que considerábamos “normales” empezarán a verse como lujos prescindibles. La respuesta no va a llegar sólo con discursos de austeridad. Tiene que haber un pacto social y político que redefina la financiación local, que otorgue autonomía fiscal y que reconozca que el bienestar no se improvisa.
Existe una paradoja en nuestro sistema: la administración local es la más cercana a la gente y, sin embargo, es la que más sufre el peso de una maraña normativa que ahoga al gestor público. El imparable crecimiento normativo, las regulaciones arbitrarias y las absurdas disparidades entre comunidades, entorpecen la actividad, el crecimiento y la generación de empleo. Tantos procedimientos inútiles, la asfixiante trazabilidad, se han consolidado en una venenosa maraña que impide el crecimiento.
Si combinamos un sistema regulatorio tan expansivo como invasivo, con estructuras descentralizadas que no hablan el mismo idioma, el resultado es el caos administrativo mimetizado de orden legal. Aquí llegamos al corazón del debate: ¿qué servicios locales son imprescindibles y cuáles son prescindibles? Porque cuando los recursos menguan, las decisiones se vuelven inevitables. Y no se puede hablar de esto sin tener en cuenta que los municipios son muchos y variados: lo que es esencial en una gran ciudad puede no serlo en un pueblo de 2.000 habitantes, y sin embargo, ambas realidades exigen respuestas.
El grupo 1 siempre es la partida fundamental en los presupuestos de la administración local. En ese presupuesto, esas partidas tienen nombre y apellidos, y esos trabajadores deben tener una capacitación renovada y una predisposición para el servicio. Los cambios deben propiciar una mejor simbiosis con las empresas privadas que ejecutan la mayor parte de los servicios, con la supervisión de la administración.
La eterna discusión entre gestión pública o privada no tiene una sola respuesta. Cada servicio exige un enfoque que responda a su realidad: en unos casos será mejor la gestión directa, en otros la colaboración público-privada y en muchos la cooperación intermunicipal. Son las administraciones locales, por su cercanía a la ciudadanía, las que valoran mucho más la capacitación técnica, la flexibilidad y agilidad para ofrecer respuestas profesionales en el día a día. Las empresas especializadas pueden aportar sus años de experiencia en determinados sectores. El valor añadido se manifiesta cuando una compañía aporta soluciones y establece un diálogo constante con la administración y con los usuarios del servicio.
La administración local no puede convertirse en un teatro de sombras, donde los verdaderos protagonistas, los ciudadanos, sólo vean recortes disfrazados de eficiencia. La administración no es un conjunto de siglas vacías, ni una fría cuenta de explotación. Es la piedra angular donde se entrelazan historias, oportunidades y aspiraciones.
Hay mucho que hacer, y el guante de este reto debe ser recogido por las empresas que colaboran con la administración, y los gestores de lo público. Aprovechar el reto del cambio generacional, para vertebrar nuevos instrumentos de gestión que aporten los valores añadidos que se requieren.
Todo cambia y es necesario “ponerse las pilas”. Nuevas herramientas para los nuevos retos y eso requiere atención, compromiso, y la valentía de tomar decisiones no sólo inteligentes, sino humanas. La administración local española debe reinventarse sin perder su esencia, hacer más con menos sin renunciar a sus valores. Es necesario encontrar en la cooperación, la creatividad, y la dignidad del servicio público, la fuerza para sostener el tejido social que hace posible una comunidad verdaderamente libre y justa.
Luis Nantón Díaz
EL RELEVO GENERACIONAL
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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